Las mil y una noches
Las mil y una noches —Podéis quedaros, pero os impongo otra condición: habéis de jurarnos que fuere lo que fuere lo que en vuestra presencia hagamos, no despegaréis los labios para preguntar el motivo o hacer observación alguna, advirtiéndoos que, si faltáis a vuestro juramento, podréislo pasar muy mal.
—Lo prometo —respondió el hombre—. No chistaré; mi lengua permanecerá inmóvil y mis ojos serán como el cristal de un espejo que nada conserva de los objetos que en él se reproducen.
—Está bien —continuó Zobeida—; ahora id a la puerta de esta habitación y leed el lema que en ella veréis escrito.
Fué el mandadero dando tropezones y leyó con algún trabajo lo siguiente: «El que habla de cosas que no le importan, oye otras que no le agradan»; hecho lo cual volvió a renovar su primer juramento de ser mudo y reservado como una tumba.
Amina trajo la cena; mientras, SofÃa encendió bujÃas perfumadas que esparcieron por la estancia un aroma delicioso, y tanto las tres hermanas como su huésped cantaron y recitaron versos del mejor humor del mundo, cuando de repente oyeron llamar a la puerta. SofÃa fué a abrir y volvió a poco diciendo: