Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—Hermanas mías, se nos presenta una buena ocasión de pasar agradablemente el resto de la noche. Hay a la puerta tres calendas, o sea, tres religiosos persas, según lo demuestran en su traje, y que además son tuertos todos del ojo derecho. Tienen la cabeza, la barba y las cejas afeitadas, acaban de llegar por primera vez a Bagdad y nos piden hospitalidad por esta noche, contentándose, en cambio, con dormir a cubierto en el sitio más humilde de la casa. Creo que debemos recibirlos para reír un rato, mucho más cuando prometen salir de aquí al clarear el día de mañana.

Zobeida y Amina consintieron de buen grado, y a los dos minutos apareció de nuevo Sofía con los tres calendas, quienes al entrar hicieron una profunda reverencia, asombrados del lujo y de la cortesanía de las damas. En cuanto al mandadero, acalorado con el vino que había bebido aquella noche antes que desaparecieran los efectos del de la mañana, contestó con un gruñido sordo al saludo de los recién llegados.

Las tres hermanas sirvieron de cenar y de beber a los tres calendas con exquisita finura, y, reconocidos, los extranjeros pidieron instrumentos para darles un concierto. Aceptaron las damas con alegría y Amina les presentó un tamboril y dos flautas. Las damas mezclaron sus voces a las de los calendas, y, en lo más bullicioso de la fiesta, oyeron de nuevo llamar a la puerta. Sofía cesó de cantar y fué a enterarse de quién era.


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