Las mil y una noches

Las mil y una noches

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El califa Haroun-al-Raschid tenía la costumbre de salir disfrazado en la noche para averiguar por sí mismo el estado de la ciudad y evitar que se cometiesen desórdenes.

Aquella noche iba el Califa acompañado de Giafar, su gran Visir, y de Mesrour, jefe de los eunucos de Palacio, disfrazados los tres de mercaderes. Oyeron el eco de los cantos y el Califa quiso saber el motivo de la fiesta, para lo cual ordenó a Giafar que llamase prontamente, pues a él no le convenía ser reconocido. Giafar, al ver la elegancia de Sofía, se inclinó respetuosamente hasta el suelo.

—Señora —dijo con respetuoso acento—, somos tres mercaderes de Musul llegados a la ciudad hace pocos días. Nuestros géneros están en un almacén lejos de aquí, y habiéndonos entretenido en las calles nos es imposible ir a nuestro alojamiento, cuya puerta no se abre a hora tan avanzada de la noche. Nuestra afición a la música nos ha hecho detenernos aquí y os rogamos nos permitáis permanecer en el vestíbulo hasta la aurora.

Sofía examinó con atención el aspecto de los tres hombres, y, satisfecha sin duda, les dijo cortésmente que ella no era la dueña de la casa, pero que esperasen un momento a que les llevase la respuesta. Zobeida y Amina, bondadosas por naturaleza, resolvieron concederles la misma gracia que a los tres calendas.


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