Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Introducidos el Califa, el gran Visir y el jefe de los eunucos por la bella Sofía, saludaron cortésmente a las damas y a los calendas. Las jóvenes correspondieron de la misma manera, y Zobeida, creyéndoles mercaderes, les dijo gravemente:

—Bien venidos seáis, y os ruego que no toméis a mal que ante todo os pida un favor.

—¿De qué se trata? —preguntó el Visir. Y añadió con galantería—: ¿Se puede, acaso, rehusar cosa alguna a damas tan bellas como vosotras?

—Lo que os pido —repuso Zobeida con la misma gravedad— es que tengáis ojos para ver y no lengua para hablar; que no nos dirijáis ninguna pregunta sobre lo que veáis, ni digáis palabra acerca de lo que no os concierne, pues de lo contrario os daríamos que sentir.

—Seréis obedecida, señora —contestó el Visir.

Dicho esto, tomaron todos asiento y continuaron bebiendo y comiendo, en honor de los recién llegados.

Habiendo recaído la conversación sobre las distracciones y los diferentes modos de divertirse, los calendas se pusieron de pie y bailaron las danzas de su país con tal gracia y maestría que confirmaron a las damas en la buena opinión que de ellos tenían y les captó la simpatía del Califa y de sus acompañantes.

Terminada la danza, Zobeida se levantó, y tomando a Amina de una mano, le dijo:


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