Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—Vamos, hermana; nuestros huéspedes no tomarán a mal que observemos nuestros usos y costumbres, a pesar de su presencia.

Comprendió Amina lo que Zobeida quería decir, y quitó en seguida la mesa mientras Sofía barría la sala, llevábase los instrumentos musicales y avivaba las luces y los pebeteros.

Hecho esto, rogó a los calendas y al Califa y a sus acompañantes que se sentasen en divanes fronteros.

—Levantaos y preparaos a ayudarnos en lo que vamos a hacer —dijo luego al mandadero—. Sois ya casi familiar en nuestra casa y no debéis permanecer mano sobre mano.

El mandadero, a quien habíansele disipado un tanto los vapores del vino, repuso:

—Estoy a vuestras órdenes: ¿de qué se trata?

A los pocos instantes reapareció Amina con un escabel que colocó en medio de la sala, fué luego a la puerta de su aposento, la abrió, y haciendo seña al mandadero para que se le acercase, le dijo:

—Venid a ayudarme.

Obedeció aquél, y al cabo de un momento volvió a salir, conduciendo dos perras negras, atadas con finas cadenas.

Zobeida se acercó entonces al mandadero, y desnudándose el brazo hasta el codo, tomó el látigo que Sofía le presentaba, y dijo:


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