Las mil y una noches
Las mil y una noches —Hagamos nuestro deber.
—Mandarero, entrega a Amina una de esas perras; tráeme aquí la otra.
El mandadero obedeció, y la perra, al verse junto a Zobeida, alzó la cabeza de una manera suplicante, pero la joven, a pesar de ello, la castigó con el látigo hasta que le faltaron las fuerzas, hecho lo cual, se miraron ella y el animal de un modo tan conmovedor, que prorrumpieron en amargo llanto. Zobeida limpió con su pañuelo las lágrimas de la perra, y ordenó al mandadero que se la llevase y trajera la otra. Sufrió ésta el misma suplicio que la primera, enjugósele también su llanto, y Amina fué esta vez encargada de encerrar al pobre animal en el gabinete de donde habían salido.
Los, tres calendas, el Califa y su séquito, no volvían en sí del asombro que aquel espectáculo les produjo, y aun empezaron a murmurar de que Zobeida hubiese acariciado a las perras, animales asquerosos e inmundos según la ley musulmana.
—Querida hermana —dijo al fin Sofía—, te ruego que vuelvas a tu sitio, y que me permitas ahora cumplir mi cometido.
—Sí —respondió Zobeida. Y se retiró a un sofá, sentándose al lado del Califa, quien apenas podía contener los impulsos de su curiosidad.