Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Sofía se sentó a su vez en medio de la estancia, y Amina le presentó un laúd que había sacado de un magnífico estuche de raso blanco bordado de oro. Sofía cantó una canción sobre lo triste de la ausencia, con tan melodioso y armónico acento, que todos aplaudieron entusiasmados al ver su maestría y su buen gusto. Amina tomó el instrumento y cantó también sobre el mismo tema, pero de un modo tan apasionado y vehemente, que al final de la canción, y visiblemente conmovida, le faltaron las fuerzas y cayó al suelo sin sentido. Los hombres se apresuraron a socorrerla, y vieron horrorizados que la infeliz tenía el cuerpo cubierto de cicatrices.

—Mejor hubiera sido quedarnos fuera —dijo uno de los calendas— que entrar aquí para presenciar estos espectáculos.

El Califa lo oyó, y dirigiéndose a ellos les preguntó:

—¿Qué significa eso?

El que había hablado contestó:

—Señor, nosotros tampoco lo sabemos.

Uno de los calendas hizo seña al mandadero de que se acercase y le preguntó si sabía por qué habían pegado a las perras y por qué tenía Amina los pechos llenos de cicatrices.

—Señor —repuso el mandadero—, os juro por Dios vivo que sé acerca de esto tanto como vosotros.


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