Las mil y una noches
Las mil y una noches Resuelto el Califa a satisfacer su curiosidad a toda costa, dijo, dirigiéndose a los otros:
—Escuchad, somos siete hombres para luchar contra tres indefensas mujeres; invitémoslas a explicarnos este misterio y, si se oponen, las obligaremos por la fuerza.
El Visir llevó aparte al Califa y le susurró al oído:
—Tened paciencia, señor, que la noche no es eterna. Mañana volveré, me apoderaré de estas tres mujeres, las conduciré al pie de vuestro trono y allí sabréis todo lo que deseáis.
Aunque el consejo era muy atinado, el Califa lo rechazó.
Discutíase acerca de quién debía tomar la palabra.
El Califa pretendió que hablasen primero los calendas, pero éstos se excusaron y se convino, al fin, en que lo hiciera el mandadero.
Disponíase éste a hacer la fatal pregunta, cuando Zobeida, después de socorrer a Amina, que ya había vuelto en sí, se acercó a ellos, y como los había visto conversar animadamente, les preguntó:
—¿De qué habláis, señores? ¿Cuál es el motivo de vuestra discusión?