Las mil y una noches
Las mil y una noches —Señora —respondió el mandadero—, estos amigos os ruegan por mi conducto, que les expliquéis lo que acaba de suceder aquÃ, porque la verdad es que no lo entienden, lo cual no es raro, porque a mà me sucede lo mismo.
—¿Es posible —exclamó Zobeida con aire altanero— que tengáis semejante pretensión, señores?
—Sà —repusieron todos.
—Antes de recibiros —continuó Zobeida cada vez más irritada— os impusimos la condición expresa de no indagar nada, cualquiera que fuese lo que presenciarais aquÃ. Os hemos agasajado en lo posible y faltáis indignamente a vuestra palabra. ¡No habrá perdón para vosotros! ¡Venid pronto! —dijo Zobeida dando con el pie tres golpes en el suelo.
De repente se abrió una puerta, y siete esclavos negros, fornidos y provistos de alfanjes desnudos se precipitaron en la habitación abalanzándose a cada uno de los huéspedes para cortarles la cabeza.
Fácil es imaginarse el terror del Califa, arrepentido, aunque tarde, de no haber escuchado los consejos del gran Visir. Iban ya los esclavos a descargar el golpe fatal, cuando Zobeida les dijo:
—Esperad; antes de que mueran estos hombres, quiero interrogarles.