Las mil y una noches
Las mil y una noches —En nombre de Dios, señora —murmuró asustado el mandadero—, yo soy inocente, y estos calendas tuertos, pájaros de mal agüero, son los que tiene la culpa de la desgracia en que me veo. No es justo que yo pague por los demás.
Zobeida, a pesar de su enfado, no pudo contener la risa al oÃr los lamentos del mandadero, y sin parar mientes en él, dijo, dirigiéndose a los demás:
—Decidme quiénes sois, porque después de vuestra conducta, dudo de que pertenezcáis a la clase de hombres dignos y honrados. Si asà fuese, habrÃais tenido más consideraciones hacia nosotras.
El Califa vislumbró alguna esperanza, y, enojado al considerar que su vida dependÃa del capricho de una mujer, ordenó en voz baja al Visir que declarase su posición y su rango.
—No nos sucede más que lo que nos merecemos —dijo el prudente Giafar, e iba ya a hablar, pero Zobeida no le dió oportunidad dirigiendo la palabra a los calendas, a quienes preguntó si eran hermanos.
—No por los vÃnculos de la sangre sino por la profesión —dijo uno de ellos.
—¿Y sois tuerto de nacimiento?
—No —respondió el interpelado—, lo soy a causa de un suceso extraordinario que merecÃa ser escrito, el cual me hizo afeitarme la cabeza y tomar el hábito de calenda.