Las mil y una noches

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Los otros dos contestaron de igual manera, y el último añadió:

—Para que comprendáis, señora, que no somos personas vulgares, sabed que los tres somos hijos de reyes que gozan en el mundo de justo renombre.

Zobeida, al oír esta declaración, moderó en parte su enojo y dijo a los esclavos que permaneciesen allí para quitar la vida sin piedad al que se negara a referir su historia y a manifestar, además, los motivos que le habían llevado hasta el palacio. Viendo el mandadero que le iba la vida si no contaba su historia:

—Yo, señora —dijo tomando apresuradamente la palabra—, soy un infeliz mandadero que no ha hecho daño a nadie. Estaba hoy en el mercado, cuando vuestra hermana me mandó que la acompañase con un canasto para recibir las compras que hiciese. Fuimos a varias tiendas que sería prolijo enumerar, y cargado después con un peso enorme, vine aquí, donde habéis tenido la bondad de sufrirme hasta ahora. Favor insigne de que siempre me acordaré, y ya está mi historia acabada.

—Te perdono —dijo Zobeida—. Márchate, y que no te volvamos a ver más.

—Permitidme que me quede para, oír la historia de estos señores, y así que concluyan me marcharé al momento, como deseáis.


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