Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Grande fué mi aflicción al saber tal desgracia, pero, a pesar de mi pena y del arrepentimiento que mostré, guardó siempre hacia mí un odio inextinguible que desahogó cruelmente al verse dueño del poder supremo. Furioso, se abalanzó a mi cuello y me arrancó por sus propias manos el ojo derecho, y este es el origen de mi imperfección.

Luego me hizo encerrar en una jaula y ordenó al verdugo que en un sitio apartado de la ciudad me dejase a merced de las aves de rapiña después de cortarme la cabeza. Durante el camino lloré y supliqué tanto, que el verdugo, movido a compasión, se abstuvo de ejecutar la bárbara sentencia, invitándome a salir del reino si quería salvar su vida y la mía. Le dí gracias por su generosidad, y llegué con mil trabajos y contratiempos a la capital del Rey mi tío, quien se afligió sinceramente al verme en aquel estado y saber la muerte de su hermano. Después me refirió con tan vivos colores la pena que le desgarraba el corazón por ignorar la suerte del Príncipe su hijo, que no pude resistir, y olvidando mi juramento le referí todo lo que sabía de la aventura del sepulcro.




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