Las mil y una noches
Las mil y una noches —Esa revelación me da alguna esperanza de encontrar al PrÃncipe mi hijo —exclamó el Rey, más consolado—. Supe que habÃa mandado construir esa tumba, pero no el objeto de ella, y ya que te exigió el secreto, iremos tú y yo reservadamente a hacer nuestras pesquisas sin que nadie las trasluzca. Además, hay para ella una razón importante que te diré a su tiempo.
Fuimos disfrazados, a la bóveda, que me costó dificultad el encontrar, y a pesar de que el PrÃncipe habÃa tapiado la abertura con el agua y el yeso de que fué provisto aquel dÃa, pudimos levantar la losa no sin grandes esfuerzos. Bajamos mi tÃo y yo cincuenta escalones, al final de los cuales vimos una especie de antecámara mal iluminada, llena de humo espeso y de mal olor.
Desde allà pasamos a otra habitación espaciosa y sostenida por columnas, con una cisterna en el centro. VeÃanse restos de provisiones de boca esparcidos por todos lados, y en el izquierdo un gran sofá sobre una alta graderÃa. Subió por ella el Rey, y reconoció al PrÃncipe su hijo y a una mujer a cierta distancia, pero cubiertos de quemaduras y casi carbonizados.
Lejos de entregarse a los accesos del dolor, el Rey escupió indignado al rostro de su hijo, y al ver el asombro pintado en mà por aquella extraña conducta, me dijo:
—Ha sufrido el castigo que merecÃan sus maldades.