Las mil y una noches
Las mil y una noches —Señor —le dije—, aunque tan triste hecho, me ha conmovido hondamente, no puedo por menos de preguntaros qué delito cometió el PrÃncipe, mi primo, para que habléis en esos términos ante su cadáver.
—Sobrino querido —me contestó el Rey—, sabed que mi hijo, indigno de este nombre, amó a su hermana desde su niñez y ella le correspondió. Esta ternura aumentó de modo tal con el correr de los años, que llegué a temer sus consecuencias. Traté, pues, de poner el remedio que creÃa más apropiado, y llamando aparte a mi hijo le reprendà severamente y procuré hacerle ver el horror de la pasión que sentÃa y la vergüenza que harÃa recaer sobre la familia si persistÃan en sus criminales sentimientos. Asimismo advertà a mi hija que debÃa procurar alejarse cuanto más pudiera de su hermano. Persuadido mi hijo de que su hermana seguÃa amándole como él a ella, so pretexto de construir una tumba, se preparó este asilo subterráneo, con la esperanza de hallar un dÃa ocasión de robar al objeto de su amor culpable y conducirlo aquÃ.
Dicho esto, el Rey prorrumpió en sollozos, y salimos de aquel lugar funesto.
Poco rato hacÃa que estábamos de vuelta en Palacio, cuando percibimos un confuso ruido de trompetas, tambores, timbales y otros instrumentos guerreros.