Las mil y una noches
Las mil y una noches Era que el mismo Visir que había depuesto a mi padre y usurpado su trono, venía a apoderarse también de mi tío, acompañado de numeroso ejército.
Como el Rey, mi tío, sólo disponía de su guardia ordinaria, no pudo resistir a tantos enemigos.
Oprimido por el dolor y perseguido por la fortuna, recurrí a una estratagema, único medio de salvar mi vida: me hice afeitar la barba y las cejas, y, vestido de calenda, salí de la ciudad sin ser reconocido.
Finalmente, después de muchos meses de viaje, he llegado hoy a la puerta de esta ciudad, y habiéndome detenido al caer de la tarde para reponer mis fuerzas con un breve descanso, encontré a este calenda que está a mi lado y nos saludamos mutuamente.
Al verle le dije que parecía extranjero como yo, y me contestó que no me había engañado.
En aquel momento llegó el otro calenda. Vinimos aquí y nos habéis tratado con tanta bondad, que no encuentro frases para significaros nuestra gratitud.
—Está bien —replicó Zobeida—; podéis retiraros en libertad adonde más os plazca.
El primer calenda suplicó a Zobeida que le permitiera permanecer allí hasta oír la historia de sus dos compañeros, y habiendo accedido la joven de buen grado, dió principio el otro calenda a su historia.