Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—¡Ay de mí! —exclamó—. ¡Qué horror! ¡Que sea capaz la esposa de un soberano como yo de semejante infamia! ¿Qué príncipe podrá decir, en vista de esto, que es completamente feliz? ¡Ah, hermano mío —prosiguió, abrazando al rey de Tartaria—, renunciemos ambos al mundo! La buena fe no existe ya; si por una parte nos lisonjea, por otra nos traiciona. Abandonemos nuestros Estados y toda la magnificencia que nos rodea; vámonos a tierras extranjeras para vivir como simples particulares y ocultar nuestra desventura.

—Hermano mío —repuso el rey de Tartaria—, no tengo más voluntad que la tuya. Estoy pronto a seguirte adonde quieras, pero me has de prometer que volveremos, si encontramos a alguno que sea más desgraciado que nosotros.

—Te lo prometo —contestó el Sultán.

Salieron secretamente del palacio y tomaron por un camino distinto del que habían seguido a su llegada. Anduvieron todo el día hasta que, al atardecer, llegaron a un espeso bosque lleno de árboles seculares y muy frondosos, cercano al mar.

Sentáronse al pie de uno de aquellos arboles para descansar, y, de pronto, oyeron un estrépito espantoso por la parte del mar y al mismo tiempo un grito de terror.

Abrióse seguidamente el mar y salió una columna negra que parecía llegar cielo.


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