Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—¡Cómo! —exclamó Schariar—. ¿La sultana de la India es capaz de prostituirse de una manera tan abyecta? No, hermano mío, no puedo creer lo que me dices si no lo veo con mis propios ojos; los tuyos te han engañado.

—Hermano mío —repuso Schazenan—, si quieres convencerte, no tienes más que organizar una cacería. De noche volvemos ocultamente a mis habitaciones y estoy seguro de que verás las mismas escenas que yo presencié.

El Sultán aprobó la estratagema y dispuso al punto la partida de caza.

Al día siguiente salieron los dos príncipes con sus séquitos respectivos, y, llegados al punto previamente designado, detuviéronse allí hasta que cerró la noche. Sin pérdida de tiempo, el rey de la Gran Tartaria y el Sultán montaron a caballo y, atravesando solos los campos, volvieron a la ciudad: lograron no ser vistos por alma viviente, entraron en el palacio que ocupaba Schazenan, y se situaron en la ventana que daba al jardín, sin apartar la vista de la puerta secreta.

Al fin, se abrió ésta y se repitieron las mismas escenas de la noche anterior.

El Sultán vió también más de lo necesario para convencerse de su vergüenza y de su, desgracia.


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