Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—Bien, hermano querido; puesto que lo deseas, voy a complacerte.

Le contó cuanto le había sucedido con su esposa y el castigo que habíale impuesto, y concluyó diciendo:

—Ésta era la causa de mi tristeza; considera si tenía motivos para desesperarme.

—¡Qué suceso tan horrible me has contado, hermano mío! —exclamó el Sultán—. Apruebo el castigo que infligiste a los que de modo tal osaron ultrajarte. Semejante acción no puede por menos de ser aplaudida; es muy justa, y, por mi parte, te aseguro que, en tu lugar, no hubiera usado de tanta moderación. No a una, sino a mil mujeres hubiera matado. ¡Cielos! No creo que semejante desventura haya podido ocurrir a otro que a ti. De todos modos, da gracias al Cielo por el consuelo que te ha enviado, y como supongo que éste será también asaz fundado, te ruego que me digas ahora en qué consiste, teniendo en mí absoluta confianza.

—Quisiera obedecerte, pero temo causarte mayor pena de la que yo he experimentado.

—Lo que me dices aviva todavía más mi curiosidad —repuso Schariar.

El rey de la Gran Tartaria vaciló aún, pero tuvo que acabar por ceder, y le contó las escenas del jardín que él había presenciado desde la ventana de su aposento.


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