Las mil y una noches
Las mil y una noches —¡Massoud! ¡Massoud! —llamó entonces la Sultana, y otro apuesto árabe, que descendió de un árbol, unióse al punto a soberana.
Schazenan vió más de lo suficiente para convencerse de que su hermano no era menos desgraciado que él y cuándo, después de la media noche, los libertinos vistieron de nuevo sus largas túnicas y volvieron a Palacio, el rey de la Gran Tartaria dió libre curso a sus pensamientos.
—¡Cuán poca razón tenía yo —se decía— para creer que mi desgracia era única en el mundo! Ésta es, sin duda, la suerte fatal que les está reservada a todos los maridos. Siendo, pues, así, ¿por qué he de dejarme vencer por la pena? No hay que pensar más en ello; el recuerdo de una desgracia tan común no turbará jamás mi sueño.
Efectivamente, en vez de entregarse a sus sombríos pensamientos, se hizo servir una opípara cena y se mostró alegre y decidor.
Cuando supo que el Sultán estaba ya de regreso, fué a encontrarle con aire placentero. Schariar, que esperaba encontrarle en el mismo estado de abatimiento y congoja en que le había dejado, sorprendióse gratamente al verle tan alegre.
—Hermano mío —le dijo—, doy gracias al Cielo por el cambio felicísimo que se ha operado en ti, y te ruego que me digas a qué motivo obedece.