Las mil y una noches
Las mil y una noches En efecto, a la mañana siguiente le mandó cuanto las Indias producen de más raro y precioso, más rico y singular, no olvidándose de nada que pudiera distraerlo y divertirlo; pero estos agasajos y fiestas, lejos de alegrarle, aumentaban su melancolÃa.
Cierto dÃa, Schariar organizó una cacerÃa a unos bosques donde abundaban los ciervos, e invitó a Schazenan a que le acompañase; pero éste se excusó, pretextando que se hallaba indispuesto, y el Sultán, que no querÃa contrariarle, partió con toda su corte.
En cuanto se halló solo, el rey de la Gran Tartaria encerróse en su cámara y se asomó a una ventana que daba al jardÃn.
El espectáculo que se ofreció a su vista llenóle de estupor: abrióse, de pronto, una puerta secreta del palacio del Sultán, para dejar paso a veinte mujeres, que rodeaban a la Sultana. Ésta, creyendo que también Schazenan habÃa ido a la cacerÃa, avanzó con sus acompañantes hasta el pie de la ventana a la que aquél estaba asomado.
La Sultana y las demás personas de su corte, sin duda para que los vestidos no entorpeciesen sus movimientos, o bien para estar con más comodidad, despojáronse enteramente de ellos, y entonces pudo observar Schazenan que sólo diez de aquellas personas eran mujeres, y las restantes robustos moros que se apresuraron a retirarse, en distintas direcciones, cada cual con su pareja.