Las mil y una noches
Las mil y una noches —Un dolor en el corazón —respondió temblando la joven— me hizo ir en busca de esta botella que aquà veis, pero tropecé y caà sobre el talismán, que se rompió al momento.
—Sois una imprudente, y es falso lo que me decÃs. ¿Por qué se encuentran aquà esa hacha y esas babuchas?
—Es la primera vez que las veo —contestó la Princesa—. Como habéis venido tan apresuradamente, tal vez las habéis traÃdo vos mismo sin daros cuenta.
El Genio respondió con imprecaciones y golpes. No tuve ánimos para oÃr los gritos de angustia y los lamentos de la Princesa, brutalmente maltratada, y huà de aquel lugar como el más cobarde e ingrato de los hombres.
—Es cierto —me decÃa a mà mismo— que hace veinticinco años que está encerrada en un subterráneo; pero, excepción hecha de su carencia de libertad, nada le faltaba para ser feliz. Mi desvarÃo ha destruido su felicidad y la somete a la crueldad de un monstruo desapiadado.
Bajé la plancha, la cubrà con tierra y volvà a la ciudad con una carga de leña, profundamente trastornado y afligido.