Las mil y una noches
Las mil y una noches El sastre, mi huésped, me recibió con las mayores demostraciones de contento, pues ya estaba en zozobra por mi ausencia. Le dà las gracias por su celo y el cariño que me demostraba, pero no le dije palabra de lo que me habÃa sucedido, y retiréme a mi cuarto, maldiciendo mi imprudencia.
Estaba aún entregado a mis sombrÃos pensamientos, cuando entró el sastre y me dijo:
—Un anciano que no conozco os trae las babuchas y el hacha que ayer dejasteis olvidadas en el monte. Ha sabido por los otros leñadores dónde vivÃs y quiere daros esas prendas en propia mano.
Comencé a temblar como un azogado, me puse más pálido que un cadáver, y antes de que el sastre pudiese preguntarme el motivo de aquel cambio repentino, se entreabrió el piso de la habitación y apareció el Genio que tenÃa aprisionada a la Princesa.
—Yo soy —nos dijo— nieto de Eblis, PrÃncipe de los Genios. ¿No es ésta tu hacha y éstas tus babuchas? —añadió dirigiéndose a mÃ.