Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Sin darme tiempo a contestar, me asió por medio del cuerpo, y lanzándose a los aires me elevó hasta el cielo con una fuerza y una velocidad espantosas. Después me arrastró a la tierra con igual rapidez y me encontré sin saber cómo en el palacio encantado, delante de la Princesa de la isla de Ébano, la cual se hallaba tendida en tierra, bañada en sangre y con los ojos enrojecidos por el llanto.

La Princesa estaba desnuda, tendida en el suelo, ensangrentada, y parecía más muerta que viva.

—¡Pérfida! —le dijo el Genio, presentándome a ella—, ¿no es éste mi rival?

La Princesa me envolvió en una mirada lánguida y triste, y contestó:

—No le conozco.

—Pues bien —repuso el Genio desenvainando su alfanje—, si no es cierto, toma esta arma y pártele la cabeza.

—¡Oh! —exclamó ella—. ¿Cómo queréis que haga eso si estoy extenuada y no tengo fuerzas para levantar un brazo? Mas, aunque así no fuese, yo no tendría valor para matar a un hombre que no conozco, a un inocente.

—Esa negativa —repuso el Genio— es la mayor prueba de vuestro crimen.

Y dirigiéndose a mí, añadió:

—¿Y tú, la conoces?


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