Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Hubiese sido el más vil de los hombres de no haber tenido igual entereza que, para salvarme, tuvo la Princesa; así, pues, contesté al Genio:

—No la había visto en mi vida antes de ahora.

—Si eso es cierto, toma este alfanje y córtale la cabeza. Sólo a ese precio te devolveré la libertad y me persuadiré de que no has mentido.

—Con mucho gusto —respondí, y cogiendo el alfanje me acerqué a la Princesa.

Claro está que hice esto, no para hacer lo que el Genio me exigía, sino para demostrar a la Princesa que de la misma manera que ella no vacilaba en sacrificar su vida a mi amor, yo le sacrificaba la mía.

Entonces retrocedí, y arrojando el alfanje a los pies del Genio, exclamé:

—Merecería ser maldecido eternamente por los hombres si cometiese la infamia de asesinar a una mujer moribunda. Haced de mí lo que os plazca, puesto que me tenéis en vuestro poder; pero no esperéis de mí que cumpla tan bárbaro mandato.

—Veo perfectamente que ambos os burláis de mí insultando mis celos —repuso el Genio—. Pero vais a ver de lo que soy capaz.

Dicho esto tomó el alfanje y cortó una mano a la Princesa, que apenas tuvo tiempo de levantar la otra para darme un adiós eterno.

A la vista de tanta crueldad, me desmayé.


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