Las mil y una noches
Las mil y una noches La mujer levantó entonces los ojos, y viendo a los dos príncipes en lo alto del árbol, les hizo señas de que bajasen.
El terror que se apoderó de ellos al verse descubiertos fué indecible, y rogaron, por señas, a la amante del Genio, que les dispensase de obedecerla; pero ésta, después de haber levantado de su regazo la cabeza del gigante, haciéndola descansar sobre un montón de hierbas, levantóse y repuso en voz baja y acento amenazador:
—¡Bajad, os digo! ¡Es preciso que me obedezcáis!
Así lo hicieron los dos príncipes y, cuando estuvieron en tierra, la joven los tomó de las manos, se internó con ellos en el bosque y les exigió algo que no pudieron negarle.
Satisfechos sus deseos y observando que ambos llevaban anillos en las manos, les pidió que cada cual le cediese uno. Tampoco pudieron los príncipes oponerse a este capricho, y la joven, cuando los hubo conseguido, uniólos a una larga sarta de sortijas que ocultaba en el seno.