Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—¿Sabéis —les dijo— lo que representan estos anillos? Pues que el dueño de cada uno gozó de mi afecto, como acabáis de hacerlo vosotros; aquí había noventa y ocho y, como me faltaban dos para el centenar, os he pedido los vuestros. Son, pues, cien los amantes que hasta ahora he tenido, despecho de las precauciones y de la vigilancia de este Genio, que no quiere separarse un momento de mi lado. Es inútil que me encierre en una caja de cristal y me oculte en el fondo del mar, pues siempre hallo ocasión de burlarle. Cuando una mujer concibe un proyecto, no hay marido ni amante que pueda impedirle que lo ponga en ejecución. Más valiera que los hombres procurasen no contrariarlas, pues éste sería el único medio de hacerlas discretas y fieles.

Dicho esto, guardóse los anillos y volvió a sentarse al pie del árbol, apoyando de nuevo en su regazo la cabeza del Genio.

Los dos príncipes volvieron sobre sus pasos.

—Y bien —dijo Schariar a su hermano—, ¿qué me dices de lo que nos ha ocurrido? El Genio no puede envanecerse de que su amante le sea fiel. ¿Convienes conmigo en que nada iguala a la malicia de las mujeres?

—Sí —repuso él rey de la Gran Tartaria—; ¿y tú convienes, a tu vez, conmigo en que el Genio es más digno de compasión y más desgraciado que nosotros?

—Ciertamente.

—Volvamos, pues, a nuestros Estados.


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