Las mil y una noches
Las mil y una noches —SÃ, volvamos —contestó el Sultán—. Por mi parte, te aseguro que he dado con el medio de hacer que mi esposa no pueda serme infiel. El dÃa que te revele mi secreto, no dudo de que seguirás mi ejemplo.
Caminando sin cesar, llegaron a su campamento a los tres dÃas y tres noches de haberlo abandonado.
Cuando se tuvo conocimiento de la vuelta del Sultán y del Rey, todos los cortesanos se presentaron en la tienda real, y Schariar ordeno que al punto se levantase el campamento para regresar a la ciudad.
Una vez en Palacio, el Sultán se dirigió a las habitaciones de su esposa y mandó al Visir que la estrangulase en su presencia.
Y no satisfecho con esto, el enfurecido Schariar cortó con su propia mano la cabeza a todas las mujeres que formaban la corte de la Sultana.
Después de un castigo tan tremendo, y persuadido de que no existÃa mujer alguna de cuya fidelidad pudiese estar seguro, resolvió desposarse cada noche con una y hacerla estrangular apenas alborease el dÃa siguiente.
Promulgada que fué esta bárbara ley, el Sultán juró que la observarÃa en cuanto se hubiera marchado su hermano, el cual volvió en seguida a la capital de su reino, llevándose magnÃficos regalos.