Las mil y una noches

Las mil y una noches

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El mismo día que partió Schazenan, el Sultán ordenó a su Visir que le trajese la hija de un general de su ejército, con la que se casaría aquella noche. Obedeció el Visir, desposóse Schariar con la joven y a la mañana siguiente mandó al propio Visir que la matase y le buscase otra para aquella misma noche.

Estos actos de barbarie sembraron la consternación en todo el reino, y, en vez de las alabanzas y bendiciones que hasta entonces habían tributado al Sultán, todos sus vasallos le maldecían y le deseaban la muerte.

El gran Visir que, contra su voluntad, era ministro de esta cruel injusticia, tenía dos hijas: la mayor se llamaba Scheznarda y Diznarda la más joven. Ésta, no menos bella que su hermana, no poseía, sin embargo, el valor superior a su sexo y el ingenio y la perspicacia de que aquélla estaba dotada.

Scheznarda había leído mucho y poseía una memoria prodigiosa. Había estudiado filosofía, medicina, historia y bellas artes y componía versos mucho mejor que los más celebrados poetas de su tiempo. Además, su belleza era perfecta y su corazón sólo albergaba los sentimientos más nobles y generosos.

El Visir amaba entrañablemente a esta hija, que era, en verdad, digna de su amor.

Un día en que ambos se hallaban reunidos, Scheznarda dijo al Visir:

—Padre mío, quiero pediros una gracia.


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