Las mil y una noches
Las mil y una noches —Que yo te concederé gustosÃsimo, si, como espero, es razonable.
—He ideado un plan —repuso la joven— para poner coto a las barbaries que comete el Sultán con las hijas de familia.
—Digna de alabanza es tu intención —contestó el Visir—, pero me parece que no tiene cura lo que tú piensas reparar.
—Padre mÃo —replicó Scheznarda—, puesto que sois vos el que cada noche habéis de procurar una nueva esposa al Sultán, os ruego que le propongáis que me conceda ese honor.
—¡Ah! —exclamó el Visir, aterrado—, ¿has perdido el juicio, hija mÃa? ¿Cómo te atreves a hacerme semejante ruego? ¿Sabes a lo que te expone tu indiscreto celo?
—SÃ, padre mÃo —contestó Scheznarda—: sé a qué peligro me expongo. Si perezco, mi muerte será gloriosa; pero si logro llevar a cabo mi empresa, haré a mi patria un servicio inmenso.
—No, no —replicó el Visir—; es inútil que insistas, pues no puedo acceder a lo que me pides.
—Concedédmelo, padre mÃo; será la última gracia que os pida.