Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Hubiera querido permanecer mono toda mi vida mejor que presenciar aquel horrible espectáculo, cuya pavura aumentaban los gritos del Sultán, loco de dolor por la pérdida de su adorada hija. Acudieron los oficiales y los señores de la Corte, por la cual se esparció al momento la noticia de la catástrofe, y el pueblo afligido vistió siete días de luto por la muerte de Sol de la Mañana, cuyas cenizas fueron puestas en un soberbio mausoleo colocado en el sitio en que pereció la Princesa mi bienhechora.

El Sultán, después de un mes de enfermedad que le causó la muerte de su hija, me dijo un día que hasta entonces había sido un hombre feliz, y que desde mi llegada a la Corte comenzaba la serie de desventuras, por lo cual me ordenaba salir de su reino sin pérdida de tiempo, si en algo estimaba el conservar la vida. Quise replicar y no pude; su resolución era irrevocable.

Antes de salir de la ciudad me hice afeitar la cabeza y la barba, y tomé el hábito de calenda para venir a Bagdad y presentarme a su gran Califa, generoso y noble como ninguno. Aquí encontré al otro hermano calenda que acaba de hablar, y ya sabéis, señora, la causa de hallarme en vuestro palacio.

—Está bien —dijo Zobeida—; os perdonamos y podéis retiraros.

Entonces el otro calenda tomó la palabra, y comenzó de esta manera:


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