Las mil y una noches
Las mil y una noches 
LO que voy a referir —dijo— es muy diferente de lo que habéis oÃdo. Los dos PrÃncipes que acaban de contar su respectiva historia han perdido cada uno un ojo por efecto de causas imprevistas e involuntarias de todo punto, pero yo lo he perdido por mi culpa, como tendréis ocasión de persuadiros en el relato que voy a hacer.
Mi nombre es Agib y soy hijo de un Rey que se llamaba Cassib, a quien después de su muerte substituà en el trono. Mi capital, estaba situada a orillas del mar y era un puerto seguro y magnÃfico, con un arsenal en que se hubieran podido equipar más de cien buques de alto bordo. Visité las provincias del reino, me dediqué luego con preferencia a armar una escuadra para satisfacer la ambición que tenÃa de descubrir nuevas tierras, y apenas estuvo todo dispuesto, me dà a la vela con diez buques de escolta en la expedición.
La travesÃa fué dichosa, pero al cabo de un mes empezaron a reinar vientos contrarios, y los barcos eran juguete de las embravecidas olas. Se apaciguó un poco el huracán que nos puso en tan grave peligro, aunque noté fácilmente que los pilotos no sabÃan dónde estábamos. El marinero de vigÃa en lo alto del mástil dijo que distinguÃa por la parte de proa una gran extensión de tierra ennegrecida.