Las mil y una noches
Las mil y una noches —Esta ciudad era la capital de un poderoso reino, que llevaba el nombre del Rey, mi padre. Este PrÃncipe, su corte y todos los habitantes de la ciudad eran magos, adoradores del gran fuego de Nardun, antiguo Rey de los gigantes rebeldes a Dios. Aunque nacido de padres idólatras, tuve la fortuna de que mi aya supiese de memoria el Alcorán y que me lo explicase muy bien. Me enseñó a leer el árabe, dándome el Alcorán para que me ejercitase en la lectura. Murió mi aya, pero no sin que antes me hubiese instruido suficientemente en la religión musulmana, asà es, que odiaba yo cordialmente al falso, dios Nardun. HabÃan transcurrido tres años y algunos meses, cuando se dejó oÃr en el aire una voz tonante que decÃa estas palabras: «Habitantes, abandonad el culto de Nardun, adorad al Dios único y misericordioso». La misma voz se dejó oÃr durante tres dÃas seguidos en distintos puntos; pero no habiéndose convertido ninguno, a las cuatro de la mañana, todos los habitantes quedaron convertidos en piedra. A mi padre cupo igual desgracia, lo mismo que a mi madre, quedando transformados en estatuas de mármol negro. Yo soy el único a quien Dios preservó de tan tremendo castigo. Desde entonces continúo sirviéndole con más fervor que antes, y estoy persuadido, mi bella señora, de que os ha enviado para mi consuelo.