Las mil y una noches
Las mil y una noches Conmovida con este relato, ofrecí al príncipe llevarle a Bagdad, proposición que aceptó inmediatamente, y así es que al amanecer nos dirigimos al buque. El capitán y mis hermanas estaban con inquietud sin saber qué pensar de mi ausencia, pero pronto les tranquilicé refiriéndoles lo sucedido, y no sin haber embarcado lo que se pudo de las inmensas riquezas que existían en la ciudad, nos volvimos a Bassora. El Príncipe se enamoró de mí durante la travesía, y me pidió formalmente mi mano, lo cual hizo palidecer a mis celosas hermanas, quienes desde aquel momento formaron el criminal proyecto de arrojarnos al Príncipe y a mí, como lo ejecutaron, en el golfo Pérsico. El infortunado, Príncipe se ahogó, pero yo pude por milagro sobrenadar un poco hasta que encontré fondo y arribé a una isla situada a veinte millas de Bassora.
Descansaba de mis fatigas al amanecer bajo la sombra de un árbol, cuando vi una enorme serpiente alada que se dirigía hacia mí sacando una lengua semejante a la hoja del más puntiagudo puñal. La serpiente iba seguida de otra más grande que hacía esfuerzos sobrenaturales para devorarla por la cola. En vez de huir, tuve el valor suficiente para arrojar una piedra a la serpiente mayor, y le aplasté en el acto la cabeza. La otra, al verse libre, echó a volar, y yo me dormí tranquilamente, viéndome fuera de peligro.