Las mil y una noches
Las mil y una noches El dolor y la sorpresa hiciéronme caer desvanecida, y cuando volvà en mà noté que tenÃa toda la cara ensangrentada. La vieja que me acompañaba, sumamente afligida por mi desgracia, trató de consolarme y me dijo:
—Mi buena señora, perdonadme; yo tengo la culpa de lo que os ha sucedido. Os conduje a casa de ese mercader porque es de mi paÃs y no podÃa sospechar que fuese capaz de semejante maldad. Pero yo os daré un remedio que os curará por completo al cabo de tres dÃas, sin que quede ni huella del mordisco.
En cuanto estuve en casa volvà a desmayarme. La vieja, entretanto, me aplicó su remedio y cuando me recobré me metà en cama.
A la noche volvió mi marido, y viendo que yo tenÃa la cabeza vendada, me preguntó la causa. Le respondà que era jaqueca, pero no le convenció mi excusa; encendió una luz, y al ver que estaba herida en la mejilla, me dijo:
—¿Quién te ha hecho esto?
No me atrevà a confesarle la verdad y le contesté que venÃa tras de mà un hombre conduciendo un borrico cargado de escobas y que al volverme distraÃdamente me causé yo misma la herida al chocar con la carga y caer al suelo.