Las mil y una noches
Las mil y una noches Un mes después de mi casamiento, teniendo necesidad de comprar algunas telas, pedà permiso a mi marido para salir a adquirirlas, y él me lo concedió.
—Mi buena señora —dijo la vieja que me acompañaba, en cuanto estuvimos en la calle—; puesto que deseáis magnÃficas telas, deberÃamos ir a casa de un joven mercader a quien yo conozco.
Me dejé conducir por ella, y cuando estuvimos en la tienda pedà al hermoso mercader, por conducto de la vieja, que me enseñase las mejores telas que tuviera.
Mostróme el mercader una que me gustó sobremanera, y mandé a la vieja que le preguntase el precio.
—No la vendo; pero la regalaré gustoso a la señora si me permite que la bese en las mejillas.
Ordené a la vieja que dijese al mercader que era un atrevido y un desvergonzado; pero aquélla, en vez de obedecerme, trató de persuadirme de que no tenÃa importancia lo que el joven pedÃa, pues sólo se trataba de que le presentara yo una mejilla.
Tan encaprichada estaba yo de aquella tela, que seguà el consejo de la vieja.
Pero el mercader, en lugar de besarme, dióme un tremendo mordisco que hizo brotar la sangre de mi mejilla.