Las mil y una noches
Las mil y una noches —Señora —me dijo— habéis sido invitada para asistir a una boda, y espero que será diferente de lo que imagináis. Tengo un hermano que es el más bello y cumplido de los hombres, y entusiasmado por el retrato que de vuestros encantos se le ha hecho, se ha enamorado perdidamente de vos y, si no tenéis compasión de él, será el más desgraciado del mundo.
Desde que enviudé no habÃa pensado jamás en volver a casarme; pero, en aquel momento, no pude resistir a los ruegos de dama tan hermosa y amable. AccedÃ, pues, con una inclinación de cabeza, dió mi interlocutora una palmada y abrióse inmediatamente la puerta de un aposento para dejar paso a un joven tan majestuoso y extraordinariamente bello, que me felicité, entusiasmada, por haber consentido en ser su esposa.
Sentóse a mi lado y comprendÃ, por su conversación, que mi marido era muy superior a los elogios que de él habÃa hecho su hermana.
Cuando vió ésta que estábamos contentos uno del otro, dió una nueva palmada y al punto apareció un cadà que extendió nuestro contrato de matrimonio, lo firmó e hizo que lo subscribieran cuatro testigos que le acompañaban.
La única cosa que mi nuevo esposo exigÃa era que, excepto con él, no debÃa hablar con ningún otro hombre.