Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—Señora —dijo luego, poniéndose en pie—, Dios os recompensará por la bondad que dispensáis a su sierva y llenará da gozo vuestro corazón, como lo está el mío. No es preciso —añadió— que os molestéis todavía; basta que os dignéis acompañarme cuando, al anochecer, vuelva por vos.

En efecto, al caer de la noche se me presentó nuevamente con aire placentero, y besándome la mano me dijo:

—Señora, los parientes de mi yerno, que son las principales familias de la ciudad, están ya reunidos; si os place seguirme, yo os serviré de guía.

Salimos en seguida y al poco rato nos detuvimos ante una puerta iluminada por un fanal a cuya luz pude leer la siguiente inscripción en letras de oro: «Esta es la eterna mansión de los placeres y de la alegría».

La vieja llamó y al punto se abrió la puerta.

Conducida, atravesando un gran patio, me encontré con una joven de incomparable belleza, la cual, después de haberme besado hízome sentar a su lado en un diván junto a un trono de maderas preciosas y adornado de diamantes.


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