Las mil y una noches
Las mil y una noches 
ME casó mi madre con uno de los más ricos propietarios de esta ciudad, entregándome a la vez los bienes que me habÃa dejado mi padre.
No habÃa transcurrido aún el primer año de nuestro matrimonio, cuando me quedé viuda y en posesión de toda la fortuna de mi marido, que ascendÃa a noventa mil cequÃes. Sólo la renta de este capital bastaba para que llevase yo una vida muy regalada.
Un dÃa que estaba yo sola, me anunciaron que una mujer deseaba hablarme, y mandé que la hiciesen pasar en seguida.
Era una mujer de edad avanzada, la cual me saludó tocando el suelo con la frente, y me dijo, permaneciendo arrodillada:
—Mi buena señora, os ruego que me perdonéis la libertad que me tomo de venir a importunaros; la confianza que tengo en vuestros buenos sentimientos me ha animado a ello. Tengo una hija, la cual ha de casarse hoy. Ella y yo somos extranjeras y no tenemos, por consiguiente, ninguna amiga en esta ciudad. AsÃ, pues, mi buena señora, si os dignáis honrar con vuestra presencia esa boda, nuestra gratitud hacia vos será eterna.
—Buena anciana —le respondÃ, conmovida—, no os aflijáis; haré gustosa lo que me pedÃs.
No pude impedir que la vieja, enajenada de alegrÃa, me besase los pies.