Las mil y una noches
Las mil y una noches Apenas toqué con el pie terreno firme me desaté del pájaro, el cual apresó una descomunal serpiente y levantó de nuevo el vuelo llevándola en el pico.
El sitio en que me encontraba era un valle profundo, rodeado de montañas altas y escarpadas que le circuían como una terrible muralla. El suelo, se veía cubierto de magníficos diamantes, y los árboles llenos de serpientes tan monstruosas que la más pequeña hubiera podido devorar a un elefante. Vino la noche y, aterrorizado, me refugié en una gruta, cuya entrada tapé con piedras para defenderme de los reptiles que lanzaban horribles silbidos, irritados sin duda porque no podían penetrar en mi retiro. Al amanecer se fueron y yo me dormí, pero me despertó pronto el ruido causado por la caída de varios pedazos de carne fresca arrojados de lo alto de las peñas. Yo había oído decir que los mercaderes de diamantes iban a aquel valle en la época que las águilas tienen cría; echaban carne en las grutas, se agarraban a ella los diamantes,
y luego las águilas sacaban la carne para llevarla a sus hijuelos a la cima de las montañas, donde los hombres se apoderaban de las piedras preciosas, valiéndose de tal astucia porque es imposible penetrar en el valle.