Las mil y una noches
Las mil y una noches Entonces comprendí que estaba en una especie de tumba, y comencé a imaginar los medios de que me valdría para salir de ella. Hice una rica provisión de diamantes, me até al pedazo de carne más grande que vi a mi alrededor, y apenas me puse boca abajo para esperar, vinieron dos águilas gigantescas en busca de provisiones, y la más poderosa me llevó consigo a su nido en lo alto de una roca. Los mercaderes que allí había principiaron a gritar para que el águila se espantase, y grande fué el asombro de todos al verme a mí, contra quien se irritaron después, suponiendo que había ido al valle a privarles de sus beneficios. Les referí mis aventuras, y para contentarlos les dí parte de los diamantes que había cogido en la gruta, que eran de tal tamaño y valor, que se mostraron muy reconocidos a mi generosa conducta. Después de una peligrosa caminata, llegamos al primer puerto, y después a la isla de Roha, donde existe el árbol del alcanfor, el cual es tan frondoso, que más de cien hombres pueden tomar sombra bajo sus espesas y extendidas ramas. El jugo que se forma del alcanfor corre por una abertura que se practica en el tronco, y al caer en un vaso se congela y toma consistencia, y apenas se extrae dicho jugo, el árbol se seca y muere al momento.