Las mil y una noches
Las mil y una noches Cuando fué de día bajé del árbol más muerto que vivo, pues estaba persuadido de que me esperaba una muerte horrible. Cansado y con la desesperación en el alma, me alejé del árbol y me dirigí a la playa, con ánimo de arrojarme al mar; pero Dios tuvo compasión de mí, y en el momento que iba a realizar mi culpable designio, vi un buque en lontananza. Grité con toda la fuerza de mis pulmones para ser oído y agité al aire mi blanco turbante con objeto de que me vieran. Felizmente, toda la tripulación vió las señas que yo hacía y el capitán envió una chalupa para recogerme.
Cuando estuve a bordo, los mercaderes y los marineros me preguntaron cómo era que me hallaba en aquella isla desierta, y cuando les hube contado lo que me había sucedido, los más viejos me dijeron que habían oído hablar muchas veces de los gigantes que habitaban aquella isla y sabían que eran antropófagos. Acerca de las serpientes afirmaron que abundaban en aquel lugar.
Llegamos a un puerto y, mientras los mercaderes desembarcaban sus mercancías para venderlas o cambiarlas, el capitán, llamándome aparte, me dijo: