Las mil y una noches
Las mil y una noches —Hermano, tengo en depósito algunas mercancÃas que pertenecÃan a un mercader que viajaba en este buque. Como supongo que ese mercader ha muerto, trafico con los géneros que dejó para que asà produzcan algo hasta tanto que pueda entregarlos a sus herederos, junto con los beneficios. AsÃ, pues, espero que querréis encargaros de esas mercancÃas y comerciar con ellas, a condición, empero, que nuestro trabajo ha de ser recompensado.
Acepté gustoso, porque me ofrecÃa ocasión para no estar ocioso.
El escribano de a bordo iba registrando las mercaderÃas y anotando el nombre de sus dueños.
—¿Con qué nombre he de registrar los géneros que se me confÃan? —pregunté al capitán.
—Con el de Simbad el Marino —me contestó.
Al oÃr pronunciar mi propio nombre me estremecà de pies a cabeza, y mirando fijamente al capitán reconocà en él a quien en mi segundo viaje me habÃa abandonado en la isla mientras yo dormÃa junto a un arroyo. Al principio no pude reconocerle a causa del cambio que se habÃa operado en toda su persona. No es, pues, de extrañar que tampoco él me reconociera, tanto más cuanto que me tenÃa por muerto.
—Capitán —le pregunté—, ¿es cierto que el mercader cuyos son estos géneros se llamaba Simbad?