Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—Sí —me contestó—; ése era su nombre; natural de Bagdad, se embarcó en mi buque en el puerto de Bassora. Un día que tomamos tierra en una isla para hacer agua y provisiones, no sé cómo, me hice a la vela sin darme cuenta, hasta cuatro horas después, de que el mercader no había vuelto a bordo con sus compañeros. Teníamos el viento en popa y tan fuerte que nos impedía virar para ir a recogerlo.

—Así, pues, ¿creéis que ha muerto?

—Ciertamente.

—Pues os engañáis, capitán. Abrid bien los ojos y ved si tengo algún parecido con el Simbad que dejasteis abandonado en la isla desierta.

El capitán me miró de hito en hito, y, reconociéndome al fin, exclamó abrazándome:

—¡Bendito sea Dios que ha reparado así mi falta! Ésas son vuestras mercaderías, que os las devuelvo mucho más gustoso que a vuestros herederos.

Yo me hice cargo de ellas, renuncié a los beneficios que con su tráfico había logrado el capitán y demostrando a éste como pude mi profundo agradecimiento, volví a Bagdad con tantas riquezas que yo mismo no sabía su valor exacto.


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