Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—Con razón tenéis fama de tontos, tú y todos los de tu especie. Dais la vida en provecho y beneficio de los hombres y no sabéis sacar partido de vuestras facultades. Cuando os quieren uncir al arado ¿por qué no das buenas cornadas y unos cuantos mugidos que asusten a los hombres, te echas al suelo y te niegas a moverte? Si así lo hicieras ya verías cómo te tratarían mejor. Si sigues los consejos que te doy, notarás un cambio favorable y me agradecerás lo que te propongo.

El buey prometió obedecerle, y el amo no perdió de la conversación ni una sola palabra.

A la mañana siguiente, muy temprano, fué en busca del buey el gañán.

El animal siguió exactamente los consejos del asno: dió tremendos mugidos, no quiso comer, se echó al pie del pesebre, y el labrador, creyendo que estaba enfermo, fué a dar parte a su amo de lo que sucedía.

El labrador comprendió el efecto de las indicaciones del asno, y, a fin de castigar a este último como merecía, dijo al mozo:

—Lleva al campo el asno en vez del buey, y hazle que trabaje bien.

Dicho y hecho; el asno tiró todo el día del arado y de la carreta, y recibió además tantos golpes, que cuando volvió por la noche a la cuadra no podía sostenerse.


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