Las mil y una noches

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El buey, sin embargo, estaba muy contento. Había comido bien y descansado todo el día, así es que se apresuró a bendecir y dar nuevas gracias al asno cuando este último entró en la cuadra. El asno no le respondió ni una palabra, y decía para sí: «Yo tengo la culpa de lo que me sucede; soy un imprudente. Vivía contento y dichoso, y como mi astucia no encuentre un nuevo medio de salir de esta situación, voy a perder el pellejo». Y medio muerto de cansancio, se dejó caer en el suelo.

Al llegar a este punto de su narración, interrumpióse el gran. Visir y dijo a su hija:

—Merecerías ser tratada como el asno, puesto que pretendes curar un mal irremediable o sea llevar a cabo una empresa imposible en la que perderás la vida.

Inquebrantable en sus propósitos, la generosa joven replicó que ningún peligro haríale desistir de poner en ejecución sus designios.

—En ese caso —repuso el padre—, fuerza será hacer contigo lo que el labrador hizo con su mujer.

—¿Y qué fué ello?

—Escucha con atención, pues no he terminado el cuento.


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