Las mil y una noches
Las mil y una noches No sé cuánto tiempo estuve durmiendo; pero sà que al despertar me encontré en medio de feraces campiñas, junto a un rÃo donde estaba amarrada la barca, y rodeado de muchos negros, los cuales me hablaban en un idioma desconocido para mÃ. Uno de ellos, que sabÃa el árabe, me dijo entonces:
—Hermano mÃo, no te cause sorpresa el verte entre nosotros: habitamos esta campiña, y al venir hoy a regarla con las aguas del rÃo que sale de la montaña, te vimos dormido en esa embarcación que está ahà atada, deteniéndola para esperar a que despertases y que nos cuentes tu historia.
Les referà lo sucedido con toda exactitud, y tan sorprendente les pareció, que quisieron que repitiese delante del Rey de aquel paÃs el relato de mi naufragio.
Monté en un caballo que me trajeron, y, seguido de los negros que conducÃan en hombros la barca con su cargamento, hice mi entrada en la ciudad de Serendib, residencia del soberano, a quien fuà presentado en el acto.