Las mil y una noches

Las mil y una noches

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El Príncipe me recibió con extremada benevolencia, y, maravillado de lo extraordinario de mis aventuras, las hizo escribir en letras de oro para conservarlas en los archivos del reino. No menos lleno de admiración se mostró al ver las piedras preciosas y las mercancías de que yo era portador, y, lejos de aceptar una parte de ellas, como le propuse, me dijo que iba, por el contrario, a aumentar con sus dones mi riqueza.

La isla de Serendib está situada en la línea equinoccial; por consiguiente, son iguales de duración los días y las noches; abunda en ricos frutos y en perlas, y allí existe la altísima montaña adonde fué a refugiarse Adán después de ser expulsado del paraíso terrenal.

Al fin, supliqué al Rey que me permitiese volver a mi patria.

Concediómelo bondadosamente, y cuando fuí a despedirme de él, me hizo grandes regalos, entregándome a la vez un mensaje para mi soberano, acompañado de un riquísimo presente.

—Tomad —me dijo—, y entregadlo al califa Haroun-al-Raschid, Comendador de los creyentes, como prueba de mi amistad.

Los regalos que me hizo consistían en lo siguiente:

1.º Una copa tallada en un enorme rubí, llena de perlas, cada una de las cuales pesaba medio dracma.


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