Las mil y una noches

Las mil y una noches

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Llegado a la isla de Serendib expuse, a los ministros del Rey el encargo que se me había confiado, y les rogué que me consiguieran una audiencia del soberano.

Así lo hicieron, y al siguiente día fuí conducido con toda pompa a presencia del Rey, quien, al reconocerme, dió señales de la más viva alegría.

—¡Oh, Simbad, bien venido seáis! —me dijo—. Os juro que, desde vuestra marcha, he pensado frecuentemente en vos. Bendigo este día porque os vuelvo a ver.

Le agradecí con frases salidas del corazón sus bondades y le entregué la carta y los regalos de que era portador.

El rey de Serendib recibió con visibles demostraciones de íntima satisfacción aquellas muestras de amistad del Califa, y me despedí de la Corte, cumplida mi comisión, cargado de presentes que me hizo el soberano.

Me embarqué nuevamente con la intención de regresar en seguida a Bagdad, pero el Destino lo dispuso de otra manera y llegué más tarde de lo que hubiese querido.


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