Las mil y una noches
Las mil y una noches 
CUANDO regresé de mi sexto viaje, formé el decidido propósito de no volver a embarcarme. Pero cierto dÃa que daba un banquete a varios amigos para festejar mi regreso, me anunciaron que un oficial del Califa deseaba hablarme.
Abandoné al punto la mesa y salà a su encuentro.
—El Califa —dÃjome el mensajero— me ha ordenado que os conduzca a Palacio.
Seguà al oficial, y cuando estuve en presencia del soberano me postré a sus pies.
—Simbad —me dijo el Califa—, tengo necesidad de vuestros servicios. Es preciso que vayáis a llevar mi contestación y mis presentes al rey de Serendib, pues es muy justo que corresponda a sus finezas para conmigo.
El mandato del Califa cayó sobre mà como un rayo.
En pocos dÃas estuve, sin embargo, en disposición de ponerme en camino, y héchome cargo del mensaje y de los regalos que el Comendador de los creyentes enviaba al rey de Serendib, partà para Bassora, en cuyo puerto me embarqué.
La travesÃa fué de lo más feliz que puede desearse.