Las mil y una noches

Las mil y una noches

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—Comendador de los creyentes —le dijo el Visir—, ruego a Vuestra Majestad que me conceda algún tiempo para hacer mis pesquisas.

—Te doy tres días —repuso el Califa—; recapacita bien lo que haces.

El visir Giafar se retiró a su casa confuso y apesadumbrado.

—¡Ay de mí! —decía—. ¿Cómo podré yo hallar al asesino en una ciudad tan populosa como Bagdad, cuando probablemente habrá cometido este crimen sin testigos, y quizá ya está fuera de la población? Otro en mi lugar sacaría de la cárcel a un desdichado y le mandaría dar muerte para contentar al Califa; pero yo no quiero manchar mi conciencia con este delito, y prefiero morir a salvarme en tales condiciones.

Mandó a los oficiales de policía y justicia que estaban a sus órdenes que hicieran una pesquisa esmerada del reo. Estos pusieron en movimiento a su gente, y aun salieron ellos mismos, creyéndose tan interesados como el Visir en aquel asunto; pero todos sus afanes fueron infructuosos, y por grande que fuese su diligencia, no lograron descubrir al autor del asesinato, y el Visir juzgó que, a no ser por un favor del Cielo, estaba perdido.


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